Cuando abría aquella gaveta, salían de allí recuerdos.
Envueltos en polvo y naftalina.
Los escondí un día.
Aquel que decidí continuar serpenteando colinas.
Sabía perfectamente el color de cada uno. Los había amarillos, como el Araguaney
que me vio crecer, los había azules; esos tonos que me encantan, como las playas infinitas donde mi padre pasaba días embelesado con su caña de pescar y los negros nativos sacaban sus tambores para acariciar las noches.
Los había verdes. Tonos escarlatas que me llevaban a esas frías montañas llenas de pinos y flores donde alguna vez me perdía en excursiones sin rumbo.
También habían recuerdos dorados. Como el sol de las tardes cuando se posaba en la azotea para quedarse y calentaba mis huesos y secaba la ropa que cantaba en las cuerdas.
En el rincón, debajo de los pañuelos, se escondían los recuerdos grises. Nunca dejé entrar a los que eran totalmente negros. Sabía que si los dejaba campar, no se irían de vuelta nunca .
De esos grises me llegaban olores de tardes de invierno, cuando la neblina sonreía abrazando los balcones.
Cuantas cosas guardadas en la gaveta.
Perdí la llave. Un día cualquiera. Ahora la podía abrir y cerrar sin tanta ceremonia.
A veces por las noches, los escuchaba revolverse, apretándose, cuchicheando.
Alguna que otra noche, los dejaba salir
a coger aire. A bailar entre mis libros y la lámpara de la mesilla.
sábado, 2 de junio de 2018
lunes, 26 de febrero de 2018
Heroínas de a pie.
Me pregunto porque empezaron a escribir las mujeres.
Seguramente, sería cuando descubrieron puertas en las jaulas, ventanas en los barcos, salidas en los túneles.
Cuando descubrió, una de ellas, que podía gritar tan fuerte como su garganta le dejara y que volvía el eco transformado en logros, en batallas ganadas, en miedos derrotados.
Y comenzaron a llenar maletas de prejuicios y de miedos para lanzarlos por un abismo sin retorno.
Y afinaron sus voces para gritar claro y fuerte corriendo el riesgo de ser perseguidas.
Escuchando verdades calladas a empujones, miradas vacías que transmiten miedo pidiendo ayuda.
Y volver a llenar metrallas con balas de justicia, aprender a mirar el mundo de otra manera, sabiendo que no somos de nadie..Las medias naranjas sólo son para campos verdes y hermosos que esperan completarse para recoger buena cosecha.
Gritemos, unamos risas, tengamos sueños, enhebremos historias de antes, de ahora, de siempre.
Maestras, ministras,astronautas,amas de casa,abuelas, modistas,escritoras. Nada se escapa cuando decidimos hacernos sentir,
Abuelas en columpios junto a nietos sonrientes.
Soldadas armadas entre balas de injusticia.
Cocineras que mezclan el aroma de la canela con el abrazo calido del pequeño que revolotea a sus pies.
Pescadoras que afilan cuchillos y cañas para enfrentarse a un mar revuelto donde las conchas esperan tranquilas dentro de su morada.
Cantantes, teatreras, bailarinas, prostitutas,maquinistas,azafatas,niñeras,lavanderas,taxistas,planchadoras, camareras, agricultoras, cientificas, esposas, todas ellas donde cabe alma, pestañas, cabellos, tacones, libros,maquillaje, delantales ,faldas, collares, hilos,agujas,telas,batas,paraguas. Todo somos.
Mar y tierra, sol y luna, blanco y negro, sillas y sabanas, caldo caliente y chocolate espeso, retamas floreciendo, lavandas en el patio, gallinas picoteando bajo el sol.
Fuimos, somos y seremos las guerreras de éste mundo, las heroínas de los siglos que pasa sin piedad. Y seguiremos escribiendo nuestra historia. La historia de cada una de las que levantamos el mundo.
Seguramente, sería cuando descubrieron puertas en las jaulas, ventanas en los barcos, salidas en los túneles.
Cuando descubrió, una de ellas, que podía gritar tan fuerte como su garganta le dejara y que volvía el eco transformado en logros, en batallas ganadas, en miedos derrotados.
Y comenzaron a llenar maletas de prejuicios y de miedos para lanzarlos por un abismo sin retorno.
Y afinaron sus voces para gritar claro y fuerte corriendo el riesgo de ser perseguidas.
Escuchando verdades calladas a empujones, miradas vacías que transmiten miedo pidiendo ayuda.
Y volver a llenar metrallas con balas de justicia, aprender a mirar el mundo de otra manera, sabiendo que no somos de nadie..Las medias naranjas sólo son para campos verdes y hermosos que esperan completarse para recoger buena cosecha.
Gritemos, unamos risas, tengamos sueños, enhebremos historias de antes, de ahora, de siempre.
Maestras, ministras,astronautas,amas de casa,abuelas, modistas,escritoras. Nada se escapa cuando decidimos hacernos sentir,
Abuelas en columpios junto a nietos sonrientes.
Soldadas armadas entre balas de injusticia.
Cocineras que mezclan el aroma de la canela con el abrazo calido del pequeño que revolotea a sus pies.
Pescadoras que afilan cuchillos y cañas para enfrentarse a un mar revuelto donde las conchas esperan tranquilas dentro de su morada.
Cantantes, teatreras, bailarinas, prostitutas,maquinistas,azafatas,niñeras,lavanderas,taxistas,planchadoras, camareras, agricultoras, cientificas, esposas, todas ellas donde cabe alma, pestañas, cabellos, tacones, libros,maquillaje, delantales ,faldas, collares, hilos,agujas,telas,batas,paraguas. Todo somos.
Mar y tierra, sol y luna, blanco y negro, sillas y sabanas, caldo caliente y chocolate espeso, retamas floreciendo, lavandas en el patio, gallinas picoteando bajo el sol.
Fuimos, somos y seremos las guerreras de éste mundo, las heroínas de los siglos que pasa sin piedad. Y seguiremos escribiendo nuestra historia. La historia de cada una de las que levantamos el mundo.
miércoles, 17 de enero de 2018
Me sigue contando.
Alicia me susurró de nuevo, que no quiere oír historias tristes, que ha había vivido y escuchado muchas.
Me gusta su piel blanca, casi transparente, sus limpios ojos grises y esa elegancia que ya pesa en esos años que tan bien lleva.
Siguió hablando, casi para ella misma.Pensando en voz alta. Seguramente, ya sabe, que me gusta escucharla.
Recordaba países lejanos que la vieron caminar sin años y con muchas ganas de hacer, de soñar, de buscar, de encontrar. Se veía subiendo a grandes trenes donde cruzaba sitios desconocidos, en busca de cobijo.
Su mente volaba a mercados de colores donde ella dejaba flotar su imaginación entre fruta carnosa y pequeñas tortugas expuestas a la venta.
Había en sus recuerdos, momentos en los que callaba y sólo se contemplaba las manos. Tan usadas, tan maduras.
Yo las veía acariciando dulcemente el cuerpo de un hombre amado, las veía en la pequeña cabecita de un nieto inquieto y también volando veloces por el aire, espantando malos recuerdos y adioses que llegaron pronto. Despedidas inesperadas que la dejaron vacía, con esos preciosos ojos grises, navegando en grises aguas turbulentas.
Y volvía a enhebrar historias donde escuchaba boleros y canciones románticas, mientras en el fuego, hervía un puchero.
Quien le iba a decir que cargada ya de canas, con tantos días sin ganas de seguir, y aquí estaba de nuevo, con deseos de escuchar historias bonitas, de dejar atrás las tristezas. O por lo menos, de no traerlas cada día de la mano. Me gusta su sonrisa limpia, su infantil manera de preguntar si lee bien. Es ella, sin esconder esa ingenuidad que tan bien le queda.
Y es que al escucharla, me escucho. Escucho tantas vidas que han partido por caminos diferentes. Historias por contar que están agazapadas esperando su momento.
Cuéntame Alicia. Cuéntame cómo te enamoraste, como creciste entre arboles de otoño y cálidos mares cruzados a la aventura.
Cuéntame. Tengo tiempo de recrearme en ese gris limpio de tus ojos y de soñar contigo.
Empieza de nuevo y si, tienes razón. No me cuentes historias tristes. Esas las dejaremos para un capítulo diferente.
Me gusta su piel blanca, casi transparente, sus limpios ojos grises y esa elegancia que ya pesa en esos años que tan bien lleva.
Siguió hablando, casi para ella misma.Pensando en voz alta. Seguramente, ya sabe, que me gusta escucharla.
Recordaba países lejanos que la vieron caminar sin años y con muchas ganas de hacer, de soñar, de buscar, de encontrar. Se veía subiendo a grandes trenes donde cruzaba sitios desconocidos, en busca de cobijo.
Su mente volaba a mercados de colores donde ella dejaba flotar su imaginación entre fruta carnosa y pequeñas tortugas expuestas a la venta.
Había en sus recuerdos, momentos en los que callaba y sólo se contemplaba las manos. Tan usadas, tan maduras.
Yo las veía acariciando dulcemente el cuerpo de un hombre amado, las veía en la pequeña cabecita de un nieto inquieto y también volando veloces por el aire, espantando malos recuerdos y adioses que llegaron pronto. Despedidas inesperadas que la dejaron vacía, con esos preciosos ojos grises, navegando en grises aguas turbulentas.
Y volvía a enhebrar historias donde escuchaba boleros y canciones románticas, mientras en el fuego, hervía un puchero.
Quien le iba a decir que cargada ya de canas, con tantos días sin ganas de seguir, y aquí estaba de nuevo, con deseos de escuchar historias bonitas, de dejar atrás las tristezas. O por lo menos, de no traerlas cada día de la mano. Me gusta su sonrisa limpia, su infantil manera de preguntar si lee bien. Es ella, sin esconder esa ingenuidad que tan bien le queda.
Y es que al escucharla, me escucho. Escucho tantas vidas que han partido por caminos diferentes. Historias por contar que están agazapadas esperando su momento.
Cuéntame Alicia. Cuéntame cómo te enamoraste, como creciste entre arboles de otoño y cálidos mares cruzados a la aventura.
Cuéntame. Tengo tiempo de recrearme en ese gris limpio de tus ojos y de soñar contigo.
Empieza de nuevo y si, tienes razón. No me cuentes historias tristes. Esas las dejaremos para un capítulo diferente.
martes, 16 de enero de 2018
miércoles, 4 de octubre de 2017
Pre Juicios..
Lo encontré sentado en la plaza grande.
Aquella en la que de vez en cuando, llegaban las palomas a posarse en busca de alimento, aproechando el agua de la fuente para sacudir allí sus humedas patas.
Me gustó escuchar como rasgaba las cuerdas viejas de su guitarra y como e vez en cuando, alguna nota, escapaba de su garganta.
Conseguí cerca de él, un árbol que despedía otoño, y me senté escuchar. Había algo que me invitaba.
Pasaron por mi cabeza historias imaginarias mientras salían notas al aire.
Imaginé una carretera larga, llena de frondosos arboles de un Canadá brillante que alimenta mis fantasías.
En aquella nota mas alta oí llegar por viejos raíles,al tren pobre lleno de mercancía, mientras la tierra se arremolinaba feroz golpeando mi cara.
El joven trinaba su estribillo y paraba y yo creía reconocer en su mirada triste, a una madre dando a luz a un hermoso bebé enclenque que apenas gemía sin apenas fuerza.
Al lado de su guitarra, de manera descuidada, habían unos libros que no intentó mirar.Estaban allí, seguramente por error. Su estilo era otro.
Tantas cosas por contar con su voz queda, tantos silencios entre cuerdas.
Tanto que ofrecer. Manos grandes y morenas queriendo vivir. Tantos mares revueltos, tantas injusticias que le rodeaban. Y habiendo tantas cosas, infinidad de mundos por descu
brir, la gente que por allí pasaba, sólo veía a un joven bohemio salido a deshora de cualquier instituto y que mostraba con orgullo sus cuidadas rastas como su bandera de autentico soñador.
Aquella en la que de vez en cuando, llegaban las palomas a posarse en busca de alimento, aproechando el agua de la fuente para sacudir allí sus humedas patas.
Me gustó escuchar como rasgaba las cuerdas viejas de su guitarra y como e vez en cuando, alguna nota, escapaba de su garganta.
Conseguí cerca de él, un árbol que despedía otoño, y me senté escuchar. Había algo que me invitaba.
Pasaron por mi cabeza historias imaginarias mientras salían notas al aire.
Imaginé una carretera larga, llena de frondosos arboles de un Canadá brillante que alimenta mis fantasías.
En aquella nota mas alta oí llegar por viejos raíles,al tren pobre lleno de mercancía, mientras la tierra se arremolinaba feroz golpeando mi cara.
El joven trinaba su estribillo y paraba y yo creía reconocer en su mirada triste, a una madre dando a luz a un hermoso bebé enclenque que apenas gemía sin apenas fuerza.
Al lado de su guitarra, de manera descuidada, habían unos libros que no intentó mirar.Estaban allí, seguramente por error. Su estilo era otro.
Tantas cosas por contar con su voz queda, tantos silencios entre cuerdas.
Tanto que ofrecer. Manos grandes y morenas queriendo vivir. Tantos mares revueltos, tantas injusticias que le rodeaban. Y habiendo tantas cosas, infinidad de mundos por descu
Sonando a boleros.
Vi añoranza en su mirada de mujer madura, vi amores entregados y despedidas dolorosas. Vi océanos cruzados, risas apagadas por los años, niños corriendo, abuelas bordando. Vi ternura en esa voz cálida que tiene: vi tristeza.
Ese día, cuando me lo dijo, ella cantaba un bolero que sonaba de fondo. Y me dijo: son mentira.Los boleros son mentira.
Los hombres no saben amar. Me metí en el brillo de sus ojos y por un momento, dudé. No saben?
La abracé mientras ella arrastraba sus pies cansados y su bolso le pesaba e tanta nostalgia. Le dije: si saben Alicia, claro que saben. Sólo que su amor está hecho de otra madera. Son otra cosa.Ni mejor, ni peor: diferentes. Sus pedazos son otros. Sus raíces, son otras.
Canta Alicia y no pienses en mentiras.
Sueña, recuerda, vive y alimenta esas letras de boleros.
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